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sábado, 17 de abril de 2010

MARGIT OELSNER-BAUMATZ


Quién es: tiene 72 años, nació en Alemania, debió escapar del régimen nazi y llegó al país porque fue el único que les dio acogida a ella y a toda su familia. Es rabina desde 1994. No tiene púlpito, pero puede oficiar ceremonias fuera de la sinagoga. Familia: está casada, tiene tres hijas que viven en el exterior y diez nietos. De joven no era observante de la religión y su marido le parecía "un ortodoxo".
Qué hace: comenzó estudiando hebreo para ayudar a sus hijas, que iban a una escuela de la comunidad, y terminó en el Seminario Rabínico Latinoamericano, a pesar de la resistencia de las autoridades. Este año piensa comenzar a estudiar portugués para poder hablar el idioma de alguno de sus nietos. Habla alemán y hebreo a la perfección
Lo que sigue es la historia de una mujer que le debe la vida a un soldado del régimen nazi, cuyo nombre ignora, que pretendía la gloria adueñándose de ideas y palabras que no eran propias. Esta es la historia de una religiosa de 72 años que luchó contra todo y todos, incluidos sus padres, para convertirse en rabina. Ella nos recibe en su casa de Olivos para contar, minuciosamente, su increíble viaje.
Todo empezó con el ingeniero electrónico Werner Oelsner, un ciudadano alemán, a la sazón judío, quien vislumbraba ya en 1937 lo que Hitler y su banda habían empezado a hacer con los judíos. Vivía con su mujer Edith Chaskel, embarazada de Margit, en la tranquila ciudad de Breslav, en la provincia de Silesia y, de un día para otro, comenzó a ser extorsionado para que aceptara un trato a cambio de su vida y la de su familia: Werner escribiría artículos sobre electrónica para que el joven nazi los firmara y los hiciera pasar como suyos. A cambio de un aviso anticipado y fundamental que podía salvarles el pellejo: cuando el régimen finalmente llegara para requisar su negocio, robar y secuestrar a Werner y a su familia. No había elección: los artículos firmados por el señor de la Gestapo o la muerte. O algo peor: los campos de exterminio.
Y mientras esta escena se repetía cada vez con más frecuencia, Werner escribía a todos los países que podía para pedir visas y acogida para su familia en riesgo. "El único país que contestó -cuenta la rabina Margit, en su casa, rodeada de recuerdos y con la sonrisa constante- fue la Argentina. El muchacho, el nazi, vino un día y le dijo a mi padre: «Estás en la lista de arresto de esta noche, cuidate». Y así fue como nos vinimos para acá."
Y aunque el periplo por la Europa ocupada fue más largo y penoso de lo que ella cuenta, finalmente Margit y su familia llegaron al país y fue anotada como Margarita, en Buenos Aires.
Margit tiene tres hijas, diez nietos y un marido al que adora, y se estremece casi imperceptiblemente cuando la cronista le pregunta cómo fueron los años de aprendizaje en el Seminario Rabínico Latinoamericano. Hace una pausa breve, como eligiendo las palabras, y mueve la cabeza negando algo, que no aclara, pero que se le cruzó por la mente muy a su pesar.
No. No quiere decir una palabra sobre los padecimientos, el machismo que soportó, la tremenda oposición de sus padres que no entendían por qué pretendía el título de rabina y ese afán por el Talmud. Y las burlas acumuladas, casi tan patéticas como los desplantes. Cuando se presentó a rendir una de las últimas materias, uno de los integrantes del tribunal faltó sospechosamente y, por lo tanto, no pudo exponer. Y lloró, mucho, muchísimo, eso sí lo confiesa, siempre con una sonrisa.
Pero se recibió a pesar de todo ( lamroth hakol , en hebreo) y de la fecha no se olvidará jamás: fue un mes después de que explotara la AMIA, en agosto de 1994. Y Margit cuenta, con aplomo, las inmensas horas desoladas que pasó ayudando y acompañando al rabino Kreiman, cuya esposa estaba sepultada bajo los escombros. Y ellos, muy quietos y en silencio, esperaban que alguien les devolviera el cadáver. "He visto tanto -dice, mientras sigue sonriendo- y Dios me ayuda."
Margit no debió disfrazarse de hombre, pero sí templar su paciencia y adaptarse a esa casa de estudios donde fue la primera mujer en cursar. "Me fui a hablar con el director y le dije que no podía cumplir con dos de los requisitos que exigían: no tenía carrera universitaria y no podía ir a Israel por un año". Y la aceptaron, con resquemor, pero admitieron su presencia. Ella guarda para sí los detalles de aquellas conversaciones, de su primer día, de la sensación odiosa de estar especialmente a prueba en forma permanente, de llegar a su casa desolada y de los brazos cálidos de su marido Fredy, siempre dispuesto a ayudarla. Se lo reserva, pero algunas cosas se le escapan.

Nota resumida publicada en La Nación en la Sección Información General